Siete y treinta. Otro día comenzaba con el agradable sonido de mis padres peleando, yo para variar mi rutina voy nuevamente atrasada al liceo sin ánimos. Con ganas de pausar mi vida y sentarme relajadamente en un sillón, o mejor, sentarme frente a mi madre y decirle en unos minutos todo lo que no le he dicho en una vida y abrazar a mi padre que durante toda mi existencia me he preguntado que se sentirá tener algún tipo de contacto físico con él. Se hacía tarde y había que cruzar el umbral, aquella muralla de Berlín que separaba la felicidad de la vida en mi habitación con el lúgubre vivir de esa casa.
-¿Y tú tan tarde te despiertas?- No le respondí a mi madre y seguí caminando. -¿Qué crees que estoy regalando dinero a tu liceo para que llegues tarde?-
-No pierdes nada y algo que hagas por mí por lo menos ¿no?-
Mis palabras calaron en lo más hondo de su amargura y resentimiento, ya que se enfureció instantáneamente con lo expuesto, la discusión con mi padre la dejo molesta y se exalto rápidamente conmigo, en unos segundos estaba sobre mí gritando como loca y golpeándome, me apretó muy fuerte los brazos, mostrando su poder, superioridad y derecho sobre mí, derecho moral que perdía cada minuto que sus manos me apretaban y golpeaban. Tanto así que me dejo la cara y los brazos marcados…
Lo único que podía pasar por mi mente en esos segundos o tal vez minutos, fue en ¿Qué momento llegamos a esto?, ¿En qué minuto dejamos de jugar a la familia para convertirnos en lo que en realidad somos? Hubiera preferido seguir jugando y engañándome con la ilusión de que la palabra familia me sonará más cercana al llegar a una casa donde sienta que me quieren sin importar lo material preferiría ver una sonrisa esbozada en el rostro de mi madre que miles de billetes. Aunque en la situación actual prefiero el dinero…
Caminé con prisa y sin demora, mi madre una vez entró en “sí” se levanto, no con arrepentimiento sino con la altivez que le caracteriza, mientras yo junto a decepción y soberbia me apronte a mi colegio. Sacando fuerzas de no sé donde tomé mi bolso y salí lo más rápido posible de mi adorable hogar, llena de lágrimas y sacando un estuche de maquillaje que tenía en la mochila. Apenas estuve lo suficientemente lejos me detuve en una esquina para dar paso a cubrir toda huella del profundo amor que mi madre siente por mí, y no me quejo por lo menos tengo un lugar donde comer y dormir, viviendo con las comodidades básicas y estás marcas se borran con el tiempo ya me acostumbre a ellas…
-¿Qué te paso?-
-¿Qué haces tú aquí?-La verdad me alegraba verlo, pero no en estas condiciones
-Me respondes a una pregunta con otra pregunta, eso no se hace-
-¿Y?-
-¿Estás molesta?-
-Y a ti que te importa ¿Me estás espiando a caso?-
-No, o iba a mi trabajo y te vi aquí-
-Qué casualidad y justo por aquí-
-No es casualidad, yo vivo aquí-
-Ah sí claro, vives aquí en la calle-
-Eh no, justo en la casa la cual estás apoyada-
-Perdón por apoyarme en tu pared-
-Ah descuida, muchas personas se apoyan una más una menos da igual-
-¿Por qué no te vas?-
-¿Qué te hice ahora?-
-Me molesta tu presencia-
-Lo siento ¿Algo que pueda hacer al respecto?-
-Sí, que no te vuelva a ver nunca más-
-¿Realmente quieres eso?-
-Por algo lo digo, ¡vete a molestar a alguien más!-
-Bien te dejo, no sabía que te molestaría tanto- Se marchó sin decir nada más, sólo dio media vuelta y se fue, me arrepentí de haberle dicho que no lo quería volver a ver, pero estoy segura que lo volveré a ver.
El camino a clase se me hizo eterno, así que mejor decidí quedarme en una plaza un tanto abandonada por los ojos de nuestra comunidad. Si saber qué hacer me recosté sobre el pasto a observar el cielo y sus prominentes nubes con formas indescifrables que me llenaban de tranquilidad, más aún si no hay nadie ni nada que perturbe el silencio en el cual estas hundida. Poco a poco fui a entrado a mi mundo favorito, a ese que todo lo imposible se hace imposible y sin miedo a lo que se pueda sentir la imaginación junto con la mente viajan a un lugar que sólo en mi mente puede existir, un lugar que me pertenece sólo a mí y a su gobernador Morfeo pues a caí en su reino.
“-¡Perdóname, yo no quise hacerte esto!-Me veía exasperada, no sé a quién ni porque lo hacía, pero ahí estaba en medio de la noche con manchas de sangre en mi falda escolar
-Tranquila, no fue tu culpa-Maximiliano estaba junto a mí, acariciándome y sosteniéndome”.
Era una espectadora en mi insípido sueño, sueño que me descolocaba a cada vez que lo recordaba, y el recuerdo cada minuto fue más frecuente. Me admire acostada en una plaza y sola, me levante apenas noté que el sueño y el deseo de seguir durmiendo y soñando se habían esfumado, aunque la curiosidad de continuar aquel sueño en busca de respuestas o un entendimiento me inundaban. Pero no ahí, así que decidí ir a mi casa. Mire la hora por simple curiosidad de ver cuánto tiempo estuve dormida. Eran las 17:23. No podía creer la hora, por lo que apresure el paso acorte distancias yéndome por otro lado. Los pasajes se hacían cada vez más oscuro y a menudo avanzaba mi paso las personas se iban resguardando en sus casas, yo seguía mi camino sin asombro ni resignación, aún me quedaban unos minutos para llegar a mi casa y luz del día se iba apagando para dar paso a una noche fría y al parecer larga.
Sentí unos pasos, pasos que cada vez se acercaban más. Me di vuelta lenta pero a la vez estrepitosamente…
-Hola princesa, tan sola que andas-Continué mi paso sigilosamente. -¿Por qué tan rápido alguna mala cara?-
-Sí, la tuya imbécil- Corrí lo más rápido que pude para alejarme de aquel tipo que me empezó a molestar, entré por unas calles que no conocía, hasta verme perdida.
-¿Para qué correr? Si te iba a alcanzar igual-
-¿Quién eres? ¿Y qué quieres?-
-Muchas preguntas mi amor-
-Lo siento, no es mi culpa que no pienses tan rápido-
Se abalanzó sobre mí apretando mi cuello, no al punto de ahorcarme. Comenzando un forcejeo para que me suelte, mientras él cada vez me apretaba más y comenzaba su mano a recorrer mi blusa. “¡Suéltame!” grité. Una mil veces, sin que nadie me oyese o por lo menos nadie hizo nada mientras su mano recorría mi cuerpo. Trate de zafarme pero no podía, mis fuerzas eran nulas en ese momento que sólo me abatía la angustia del que podría pasar. Me tiró al suelo lentamente comenzó a hacerse realidad lo que pensé y odie que pasase él se desprendía de su pantalón, mientras yo tratándome de consolar sólo acudí a no pensar, pues sentí que ya nada podría hacer.
El tipo cayó sobre mí, no se movía, al parecer estaba inconsciente cuando noté que alguien lo saco, era Maximiliano.
-¿Estás bien?-Corrí a abrazarlo y sin pensar como llego hasta ese lugar, sólo agradecía su presencia
-Sí, gracias-Aún estaba temblando.
Me abrazó fuertemente, tratando de calmarme pero no podía. Max cayó al suelo por un momento, sin perder la consciencia. El tipo había despertado del golpe que recibió por parte de Max, aún no recobraba bien la consciencia pues su cuerpo tambaleaba un poco, mientras daba pasos para acercarse a mí. Fui retrocediendo hasta tropezar, y me encontré con una botella de vidrio en el suelo la cual agarre con firmeza en espera de un movimiento. Se lanzó a por mí, cuando no alcanzo ni a tocarme y ya le había quebrado la botella en la cabeza le pegue una segunda vez para que no recobrará el conocimiento. Al observar lo ocurrido tire la botella fui por Max, quien un poco aturdido me abrazó.
Pasaron varios minutos y los tres permanecimos como estatuas, inmóviles ante el frio y la gente que pudo pasar, pero no pasó. Fue una noche solitaria y larga. Me acerque para ver al tipo, estaba muerto. Los vidrios se habían encajado en su cabeza, ya no respiraba, ya no hacía nada. Maximiliano al ver la situación en que estábamos intento reanimarlo, pero no obtuvo el éxito esperado.
-¡Perdóname, yo no quise hacerte esto!- le grite
-Tranquila, no fue tu culpa-Maximiliano estaba junto a mí, acariciándome y sosteniéndome. Cuando vino a mí el recuerdo de aquel extraño sueño, ese momento que ya había vivido.

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