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martes, 5 de abril de 2011

Deja Vu: Un Amargo Café (cuarto capítulo)

No quería despertar, vi un destello de luz atravesando la cortina y supe que el sol ya había salido, me levanté para abrir las cortinas y apreciar el día, luego las cerré y me cobije nuevamente en su cama, escondiendo mi cabeza bajo aquellas mantas lisas y azules. Apreté mis ojos para volver a dormir y sentir que aún podía seguir soñando junto a él, sin importar cuál sea el sueño, ya que apreció más la divagación de mi mente que la realidad misma. Pero aún así, no podía dormir, estuve un buen rato dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño, así que decidí dar por terminado ese episodio de mi vida y enfrentarme a un nuevo. Partí buscando  mi celular para tener alguna noción de la hora, pero no, no estaba por ningún lado. De hecho no había nada mío en la habitación de Max, así que salí de la habitación para buscar mis cosas y a él.
-Por fin despertaste-dijo con una cara de impresión.
-Lo siento, me hubieras despertado-
-No, te ves linda durmiendo y preferí no despertarte-me sonrojé
-Eh, mis cosas, ¿Dónde están?-
-Tú ropa está en el baño y bueno, en realidad todas tus cosas están ahí, ah en seguida subiré el desayuno, espérame en la habitación-.
Sentía una pequeña expectación por ese día, sentía que era único y nada podría cambiar este sentimiento de felicidad que me llenaba. Creo que fue el despertar más lindo que he tenido en años y vale decir que es algo patético si se analiza, pero así es y debo admitirlo que de todos mis años es el más feliz y tranquilo; me di una ducha rápida y me comencé a vestir antes de que subiese Max con el desayuno.
-¿Camila?-
-eh, sí, en seguida salgo-
-Bueno, te espero en mi pieza-
Terminé lo más rápido que pude para aprovecha mis últimos minutos junto a él. “¡Que rico cocinas!” exclamé. Necesitaba romper el silencio y tensión de aquél momento, ya que él no hacía ni decía nada. Todo cambio, la expectación de mil bajo a un cero y todo en el desayuno donde pronunciar una palabra era casi imperdonable y me dedique a tomar mi café el más incomodo que haya tomado.
-¿Te pasa algo?-pregunté.
-¿Por qué preguntas?-
-curiosidad, simplemente eso.-
-No, descuida-
-Bueno, entonces podrías hablar más, ¿no?-
-No tengo nada que decir-
-¿Seguro?-
-Sí, a menos que tú tengas algo que decir-
-No, nada-
Nos volvimos dos extraños, seres desconocidos, tal vez unidos por una cierta obligación o qué sé yo, en realidad no podría decir que pasó entre nosotros, pero sabía que las palabras se habían acabado, ya nada nos unía, los vocablos escaseaban al punto de poder regalar todos los términos que pude y no utilice, pues era lo que más sobraba, las palabras.
-Estaba rico-comenté
-Gracias, iré a lavar la loza-
-Bueno, entonces me iré-. Tal vez al decir eso Max reaccionaría o haría algo, pero no. Sólo escuche un “de acuerdo, que te vaya bien y cuídate mucho” nada más, en realidad no debería haber dicho más, pues nada nos une mas que sólo la ilusión, la triste ilusión de una niña, aquella niña que aún espera que llegue su príncipe azul a rescatarla de las garras de la vida, que me lleve a un lugar de ensueño donde no recuerde nada, sólo a este personaje ficticio sacado de un cuento Disney que en este planeta yace muy escondido, o casi extinto sino derechamente extinto…
Salí lo más rápido que pude, nunca había tenido tantas ganas de salir de un lugar, exceptuando mi casa, pero justamente ahí era donde más ansiaba ir. A una cuadra de llegar comencé a revisar mis cosas buscando mi celular para ver la hora, y tener noción del reto monumental que me iba a llegar, pero no estaba en mi bolso, lo busqué una y mil veces pero no apareció, cuando a mi mente llegó la fugaz imagen de que se me olvido en la casa de Max. Tuve que ir por el celular…


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