“Solía caminar por aquella avenida, todos los días, me sentaba en un banco que daba hacia una pequeña tienda de chucherías, escuchaba música, leía algún libro o simplemente observada como la gente pasaba, derrochando indiferencia, alegría, estrés, enojo, entre muchas expresiones más.
La única herencia que mi padre me dejo fue un piano, el cual lo aprendí a tocar muy bien, pero nunca lleve mi talento más allá, mi madre siempre lo odio, mas nunca odio el piano en sí, sino que odiaba la idea de que fuera algo que le recordase permanentemente mi padre y su abandono, desde ahí que no tengo contacto con él y me hubiera gustado haberlo tenido.
Diego García, 19 años estudiante de antropología, retomo su carrera después de unas razones un tanto impensadas. Tan solo oír su nombre me volvía un tanto nerviosa y colorada; Él era una mezcla perfecta de simpatía, galantería, caballerosidad, espontaneidad, y su cabello castaño y ondeado que hacían un conjunto de color y forma que simplemente dejaban sin aliento, esa sonrisa casi imborrable, que derretía por montones y esos ojos pardos que hipnotizaban y hechizaban a quien mirasen. Lo he amado desde que tengo uso de razón, lo peor de todo es que no soy invisible para él, pues siempre he envidiado a quienes lo aman desde lejos lo paradójico de esto es que todas quisieran estar en mi lugar sin saber el suplicio que es saberse su mejor amiga. Hace un tiempo conoció Sandra, una chica que para todos resultaba ser tan adorable, hasta para Diego, resulta tan humillante y sorprendente escucharle hablar horas y horas de ella sin parar.
-¿Te puedo contar algo?- me dijo Diego, yo con cierto temor asentí-Hable con Sandra, y hemos quedado de salir este domingo ¿Qué te parece?-me lo dijo tan feliz que tuve que ocultar mi tristeza y rabia ante él
-¡Me parece genial!-es lo único que pude decir.
Eran las 2:43 AM del día sábado 17 de Mayo, no podía dormir, era una sensación demasiado insoportable así que decidí dar una vuelta, camine sin rumbo hasta que me di cuenta que llegue a la casa de Diego, sentía que debía decirle todo.
-Lo siento por la hora, no me siento muy bien y bueno…-
-No te preocupes- me abrasó – siempre que me necesites estaré para ti para esos somos amigos- Todos esperamos escuchar eso en un momento así, es algo que confortaría a cualquiera, lo que es a mí me dejo peor, no podía seguir guardándomelo, esto nos hacía daño, él necesitaba una amiga en quien confiar de verdad, no alguien que espera algo que jamás iba a ocurrir, entonces le dije todo lo que sentía por él. Si me hubiesen dado a elegir ese momento jamás le hubiera dicho nada, no pensé lo que dije, fue algo que realmente no quise que ocurriera, me arrepentí y me arrepentiré por siempre de haberle dicho de esa manera que lo amaba desde que conocí, él se puso a llorar, una reacción que en verdad no esperaba, me dijo que se sentía mal por todo esto, que era algo que jamás debió haber pasado que me quería harto pero siempre me vio como una amiga, una hermana y que no quería saber que estaba sintiendo eso porque jamás seré correspondida. Sus palabras no me dolieron, fueron sinceras y era lo que me esperaba, nunca pensé que iba a correr a mis brazos y seriamos felices por siempre, pero no podía seguir ahí, recuerdo que corrí, corrí, corrí hasta no saber a dónde más correr, Diego me siguió pero pude lograr que me perdiera de vista, me senté en el suelo, al lado había un puente, veía el agua pasar por debajo de mí, no recuerdo en el momento en que me quede dormida. Nunca más desperté, nunca supe quién me arrebato la vida, quien dio final a mi sufrimiento, quien apago la luz de mi vida, quien esa noche se aprovechó de mí, de mi inconciencia y somnolencia para satisfacer sus deseos, quien destruyó mi madre, hasta el punto de que llegase a suicidarse, quien provoco que en un estado de culpabilidad a Diego lo tuvieran que internar en una clínica psiquiátrica congelando su carrera y su vida, quien hiso que todo lo que tuve desapareciera, que todo lo que construí se desvaneciera como hojas en otoño, ¿Cómo todo murió tan fácil?, mi familia, mi amor, todo se perdió. Han pasado tres años desde aquella madrugada, en que todo dejo de tener importancia, hasta saber quién fue mi asesino no tiene la importancia que antes tuvo para mí, hoy dieron por cerrado mi caso, en el expediente dice: “Sofía Ignacia Imaz Ortega, 17 años, estudiante, encontrada el día Viernes 18 de Junio del año 2003 semidesnuda a las orilla del puente Ranclen, el caudal del río ha borrado toda huella de su muerte, por lo cual no se puede identificar la causa de muerte, además, no se han podido hallar testigos ni pruebas que aclare los hechos.”
Miércoles 10 de Noviembre del año 2010, hoy después de tanto tiempo pude sonreír, podré irme por fin, Diego saldrá del hospital, me ha podido olvidar y así él es feliz…”

:O es muy buena, me encanto es tan... no se... como feliz, hasta el punto preciso, sin dejar de ser trágica... escribes muy genial C:
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